¿Destino o libre albedrío?
Esta semana elegí cuidar mi voz por un dolor de garganta, así que no habrá versión en audio. Pero no quería dejar de compartirles esta reflexión. Para mí, escribir también es una forma de detenerme, observarme y hacerme preguntas.
Y últimamente hay una duda que me vuelve una y otra vez: ¿Por qué nos pasan las cosas que nos pasan? ¿Existe el destino o tenemos libre albedrío?
No tengo una respuesta definitiva. Y quizás eso sea lo más interesante.
Un camino de búsquedas y preguntas
Mis primeros acercamientos a la espiritualidad fueron de chica en la Iglesia Católica. Iba con mis hermanos a la parroquia, tomé la Comunión y hasta cantaba en el coro (¡aunque me daba una vergüenza enorme porque me ponían siempre adelante!). De esos años recuerdo la calidez de socializar con otros chicos y, sobre todo, aprender a rezar como quien sostiene una conversación sincera con Dios.
Con el tiempo me alejé de la Iglesia, y en mi juventud me acerqué al Hatha Yoga. Ahí la espiritualidad reapareció desde otro lugar: el concepto de unidad. La unión del cuerpo, la mente y el espíritu con el Todo.
Buscando profundizar, llegaron después el Reiki Usui y el Kundalini Yoga. De cada formación aprendí muchísimo: en el Reiki experimenté ser un vehículo de energía universal; en Kundalini, una paz en el corazón y una claridad mental como nunca antes.
Hoy me encuentro acercándome, con mucha prudencia, a la Cábala. Pero incluso en este camino me observo: ¿Estudio esto porque siento un llamado real o porque a mi parte intelectual le fascina acumular conocimiento?
Acepto que muchas veces hay un llamado, pero prefiero no creer ciegamente en todo lo que pienso o siento, ni convertir una intuición en una verdad absoluta. Me gusta permitirme la duda. Siento que detrás de una pregunta siempre hay otra más profunda esperando ser descubierta.
Entre lo que nos toca y lo que hacemos con eso
En todas estas experiencias me he chocado con el mismo interrogante: si somos parte de una totalidad o si fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, ¿hasta dónde llega nuestra libertad?
Desde el Yoga, el karma nos habla de tendencias y consecuencias que condicionan nuestro camino, pero también de la posibilidad de actuar diferente para transformarlo. Desde la Cábala, aparece una idea fascinante: podemos vivir como si fuéramos libres, aun cuando exista un destino que no alcanzamos a comprender.
Durante mucho tiempo pensé que había que elegir una postura: o creemos en el destino, o creemos en el libre albedrío. Hoy me convence menos esa división tan tajante.
Es verdad que hay cosas que no elegimos (o al menos desde nuestra mente racional):
No elegimos dónde nacer, quiénes son nuestros padres ni el cuerpo que habitamos.
No elegimos la época histórica ni las circunstancias que nos atraviesan.
Y, sin embargo, sí podemos decidir cómo responder ante todo eso. Podemos elegir qué hacer con lo que nos sucede: cambiar de dirección, quedarnos, irnos, aprender, perdonar, poner límites o volver a empezar.
Quizás el destino no sea un guion perfectamente escrito que debemos descubrir, sino el conjunto de cartas que recibimos al comenzar. Y el libre albedrío no sea elegir absolutamente todo lo que nos pasa, sino la libertad de decidir cómo responder a lo que la vida nos presenta.
Mantener la puerta abierta a la incertidumbre
Por eso me genera cierta incomodidad cuando la espiritualidad se transforma en una certeza cerrada. Cuando escucho frases como: “Esta persona estaba destinada para vos” o “Esto tenía que pasar sí o sí”.
Me pregunto: ¿En qué momento una herramienta para comprendernos se transforma en una sentencia sobre nuestra vida? Podemos usar el yoga, la astrología, la meditación o la Cábala para hacernos mejores preguntas, no para entregarles nuestra capacidad de decidir.
No sé si existe un destino trazado ni qué tan libres somos. Tal vez parte del misterio de estar vivos sea justamente no saberlo.
Por ahora, prefiero habitar esa incertidumbre y hacerme una sola pregunta concreta: Si no puedo elegir todo lo que me sucede, ¿qué estoy haciendo hoy con la vida que me fue dada?
Tal vez ahí, justamente ahí, se encuentre nuestra verdadera libertad.
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