De la ansiedad a la presencia
Los últimos meses pasaron muchas cosas y, sin darme cuenta, algunas me llevaron "puesta" en una especie de acelere constante. Como tantas veces nos pasa, yo creía que estaba bien. Tengo salud, cuento con el apoyo incondicional de mi familia y amigos, duermo bien, combino entrenamiento de fuerza y cardio con prácticas más relajantes, medito por las mañanas, me alimento de forma consciente y me apasiona mi trabajo. En los papeles, mi checklist diaria estaba completa.
Aparentemente todo se veía en orden, pero algo en mí activaba el modo supervivencia. La ansiedad empezaba a subir en los momentos menos pensados. Se manifestaba en detalles sutiles: hacer ciertas tareas más rápido, como si quisiera "sacarme las cosas de encima" para llegar cuanto antes al momento de descanso. En el mientras tanto, la consigna implícita era "aguantar los trapos".
Pensaba que sabía parar. De hecho, no registré lo que me pasaba hasta que mi psicóloga puso luz sobre el asunto. ¿Qué hay detrás de ese impulso de no parar? ¿Qué se esconde en la prisa? ¿A qué le tengo miedo cuando me detengo?
En ese punto, tomarme unos minutos para meditar ya no me alcanzaba, pero dedicarle dos horas tampoco me daba la calma que buscaba. Sentí lo que llamo "el vicio de las propias herramientas". Tengo una caja llena de recursos que enseño y comparto todos los días, pero cuando estamos saturados o fastidiados, saber la teoría no alcanza. Hay una brecha enorme entre entender algo con la mente e integrarlo en el cuerpo.
Esta última semana me propuse un experimento simple: ir más lento. Más lento, literalmente.
Caminar de un lugar a otro a menor velocidad.
Introducir pausas conscientes a mitad de una tarea.
Comer, prepararme un mate o una infusión registrando cada movimiento.
Lavarme la cara o bañarme sin prisa, habitando el agua.
Por momentos me volví a acelerar, pero en cuanto lo notaba, me regalaba una pausa para bajar un cambio. Logré hacer este espacio porque acepté algo fundamental: pedí ayuda y me dejé ayudar.
A veces nos gana la necedad de creer que, porque tenemos las herramientas, tenemos que poder con todo solos. Personalmente creo en que necesitamos comunidad, una red, la mirada de un profesional o de alguien que eche luz sobre esa nube que no nos deja ver claro.
Una reflexión para cerrar
Hoy te invito a revisar tu propia caja de herramientas y a hacerte estas preguntas:
Para hacer: Elige una sola acción cotidiana de tu día (preparar el café, caminar hacia el trabajo, lavarte las manos) y hazla a la mitad de la velocidad habitual. Observa qué sensaciones o resistencias se despiertan en tu cuerpo al ralentizar el movimiento.
Para no hacer: Si hoy sentís que la prisa te domina o que estás usando tus rutinas de bienestar como una obligación más en tu lista de pendientes, darte el permiso de no hacer nada. Deja la caja de herramientas a un lado por un momento y recuerda que pedir ayuda también es una forma profunda de autocuidado.
¿Te ha pasado alguna vez sentir que vas en piloto automático aun haciendo "todo bien"? Me encantaría leerte en los comentarios.
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