No hay nada malo en mí
Estos últimos días me han sucedido varias cosas todas juntas. Y sí, la vida es un poco eso.
A veces parece que estamos haciendo la plancha y pasa lo mismo de siempre: la rutina, el trabajo, el movimiento, las mismas caras. Pero, de repente, empiezan a pasar cosas nuevas y la exigencia exterior te pide salir de lo conocido.
En lo laboral, me llegaron invitaciones a tomar desafíos que venía postergando para el año que viene... pero se adelantaron. En lo personal, también empecé a sentir cambios en cómo percibo mi cuerpo y mis emociones.
Todo esto mientras intentaba reacomodarme tras haber estado un mes en Argentina, mi país de origen, con todo el impacto emocional, mental y físico que eso conlleva. Al regresar al país donde vivo actualmente, me tocaron responsabilidades que me exigieron muchas horas de trabajo, fines de semana incluidos.
Y en medio de esa montaña de cosas... el Mundial de fútbol. Otra vez viendo a mi selección llegar a una final desde el extranjero. No es que sea súper futbolera, pero en los Mundiales me encanta conectar y disfrutar de mi país.
En la multitud y el sistema nervioso
Entre los nervios personales y colectivos, me encontré ahí: emocionada con mi proceso interno y con todo lo que pasaba afuera —en lo laboral, entre los migrantes argentinos y en un país extranjero—. Y, por supuesto, atravesada por esa mezcla inevitable de sentimientos: extrañar a mi familia, a mis amigos y a mi país, mientras agradezco el enorme privilegio de la experiencia que estoy viviendo. Soy muy consciente de que, como adulta, elegí dentro de mis posibilidades, y en esa elección hoy me encuentro viviendo afuera.
En todas nuestras decisiones ganamos y perdemos algo. La vida nos va llevando a convivir con pérdidas y ganancias constantes.
En ese mar de emociones, parada entre la multitud en medio del partido, sentí que me faltaba el aire. Me alejé de la gente, respiré y volví a intentar sumarme, esta vez un poco menos apretujada (mido 1.50 m y la gente me tapa en seguida). Pero a los pocos minutos me di cuenta de algo claro: mi sistema nervioso no podía sostener tanta tensión acumulada, tanto la interna como la externa.
Decidí alejarme más y vi el primer tiempo a lo lejos. En el entretiempo, me volví a casa.
Me tocó como chofer de Uber la mujer más amorosa posible: una señora brasileña que me compartió su historia como mujer, esposa, madre y trabajadora. Me dijo algo que me quedó retumbando: "Ser madre te confronta con entender que no controlamos nada en esta vida". La escuchaba desde el asiento de atrás y se me caían las lágrimas.
Al llegar a casa, disfruté el segundo tiempo con mi familia, prometiéndome no pasar por alto ese episodio y ocuparme de mi ansiedad en cuanto pudiera estar tranquila.
Soltar la exigencia (incluso en la meditación)
Los días siguientes me dediqué a escribir lo que había sentido a nivel corporal y emocional. Medité sin exigirme tanto, siguiendo una propuesta que me hizo mi psicóloga: parar la exigencia.
"Tenés las herramientas... ¿y si las usás sin tanta exigencia?"
Hace años que la meditación forma parte de mi rutina diaria, pero en los últimos meses me estaba pesando como si fuera una obligación más. Decidí cambiar el método: empecé a hacer ejercicios de respiración sin cronómetro. Hice exactamente lo contrario a lo que estructuro habitualmente... y lo contrario a lo que les indico a mis alumnos.
En un tiempo donde todo parece ser exigencia —del afuera, de una misma, o simplemente por hacer para "valer"— mi cuerpo me pidió a gritos que parara de mecanizar todo, incluso la meditación. Me pidió estar presente, recordar que nos tenemos.
Me recordó que no hay nada malo en mí. Que es saludable parar a escucharme y respirar conscientemente, sin un reloj controlando cuántos minutos debo sostener la práctica.
Por supuesto que el orden ayuda a que la vida suceda de forma armónica y amorosa, pero ese orden puede oscilar entre planear el momento y fluir en él. No todo tiene por qué ser tan controlado. Necesitaba dejar de minimizar lo que me pasa bajo el supuesto de que, por tener herramientas y llevar una vida saludable, las cosas no me van a afectar.
Flexibilizar para habitarnos
Hagamos ejercicio, sí. Hagamos yoga, sí. Vayamos a terapia, sí. Comamos sano, sí. Pero que la búsqueda del bienestar no se transforme en una cárcel de malestar.
Oscilemos. Ni muy muy, ni tan tan. Cada persona puede encontrar su propio ritmo, ajustar sus rutinas a sus deseos actuales y reconocer lo que le pasa, aun cuando las emociones sean contradictorias. Toda esa contradicción habita en nosotros y forma parte de nuestra humanidad:
Quería ver el partido con amigas, pero también quería verlo en el sillón de mi casa en familia.
Quiero seguir meditando, pero también quiero flexibilizar los métodos.
Quiero seguir trabajando, pero también puedo replantearme las tareas y la rutina.
Elijo vivir donde vivo, pero sigo extrañando mi país y a mi gente.
No hay nada malo en mí. Es mucho mejor abrazarme con todo el mundo que llevo dentro, sin cuestionarme tanto, siendo más amorosa y flexible.
No pasa nada por cambiar. Todos los días somos distintos; imagínate con el pasar de los meses y los años. La vida nos transforma, y no hay nada de malo en ello. Lo verdaderamente duro sería aferrarnos a lo que ya no nos identifica.
Quizás la invitación de hoy sea simplemente esa: simplificar. ¿Qué sentís que ya cumplió su ciclo de tu yo del ayer? ¿Qué pequeña acción podés dejar de hacer hoy para abrazar con más espacio tus nuevos deseos?
Si tenés ganas, me encantaría leerte en los comentarios o que me cuentes cómo resuena esto en vos.
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